CAPÍTULO V:
LA MEDITACIÓN INTERNA
En la escuela del sufismo encontramos
descritos los siete grados de éxtasis por los cuales el místico alcanza el
estado perfecto del alma.
El sufismo es la escuela del éxtasis. Allí
se revela la estación del nivel con el secreto, porque es el estado interior de
la vida en Dios.
En la senda de la paz interior debemos
hacer la voluntad del Padre así en los cielos como en la tierra. Esta
conformidad con el yugo suave nos lleva por el camino angosto, estrecho y
difícil que conduce a la luz.
Todo aquel que trabaje en el magisterio del
fuego, debe aprender a meditar en las siete iglesias.
El místico debe concentrarse profundamente
en el Cordero inmolado. El místico debe orar suplicándole al Adorable que le
despierte el chacra, disco, rueda o facultad anhelada.
Después de hecha la súplica, debe el
místico buscar su refugio en la nada. La mente debe quedar silenciosa y quieta.
Cuando la mente está en silencio, cuando la
mente está quieta, entonces viene la iluminación, el éxtasis.
El sueño combinado con la meditación
produce éxtasis.
Dios busca a la nada para llenarla.
El éxtasis tiene siete grados de poder: el
primero es el fuego que nos instruye y Enseña.
El segundo es la unción gnóstica, la cual
es un suave licor solar que difundiéndose por toda el alma, la Enseña,
corrobora y dispone para encarnar la verdad.
El tercero es la exaltación mística del
discípulo humilde y sincero.
El cuarto es la iluminación.
El quinto es la dicha interna de la divina
dulzura emanada de la preciosa fuente del Espíritu Santo.
Este gozo es para aquellos que tienen
"conciencia continua".
El sexto es la decapitación del yo.
El séptimo es la iniciación venusta, la
encarnación del Hijo del Hombre dentro de nosotros mismos.
Existen otros grados de contemplación y
éxtasis, como son: raptos, licuefacción, deliquio, júbilo, ósculo, abrazo,
transformación, etc.
Cuando nuestra mente se sumerge en "la
nada", el Cordero entra en el alma para cenar con ella. Esa nada es el
medio para que el Bienamado obre dentro de tu alma, despertando centros y
haciendo maravillas. Por esa nada viene el divino esposo para desposarse con su
alma, en el tálamo nupcial del paraíso.
Por este camino volvemos a la inocencia del
paraíso. El alma sumergida en esa nada, pasará con éxito los espirituales
martirios y los interiores tormentos. Dios busca a la nada para llenarla.
La meditación interna produce cambios en
nuestros cuerpos internos. Entonces viene el despertar de la conciencia. Todos
los seres humanos viven en los mundos suprasensibles con la conciencia dormida.
La meditación provoca el solemne despertar de la conciencia.
Ese despertar es como un relámpago en la
noche. El despertar de la conciencia viene durante el sueño normal de nuestro
cuerpo físico. Cuando el cuerpo duerme nosotros nos movemos en nuestros
vehículos internos.
Cuando el cuerpo duerme, el alma viaja por
los mundos superiores. Con el despertar de la conciencia, dejamos de soñar.
Entonces vivimos en los mundos internos en un estado de vigilia intensificada.
Eso es lo que se llama "conciencia continua".
Aquel que ha despertado la conciencia vive
despierto en los mundos superiores.
En los mundos suprasensibles sentimos la
beatitud mística de la luz inefable...
Allí el pasado y el futuro se hermanan
dentro del eterno ahora. No hay mayor placer que aquel de sentirse el alma
desprendida.