CAPÍTULO VII:
LA IGLESIA DE ESMIRNA
La iglesia de Esmirna es el chacra
prostático. Apas es el Tatwa de este chacra. "Todos vosotros seréis dioses
si salís de Egipto y atravesáis el Mar Rojo".
Canta el divino varón, canta la mujer
inefable. Cantan los dos, varón y varona. Cantan los dos la ópera sublime de
los siglos. Esa ópera de luz comienza en el Edém y termina en el Edém. La voz
del sublime varón es heroica, es terrible como el rayo que centellea, como el
trueno omnipotente. La voz de ella es tan dulce y melodiosa como la
"Flauta Encantada" de Mozart, o como la voz milagrosa de una sirena
del gran océano. Este dúo conmovedor, este connubio amoroso del Verbo hace
fecundas las aguas de la vida.
Cuando la serpiente de fuego, alienta sobre
las aguas del Edém, se abre la iglesia de Esmirna entre el augusto tronar del
pensamiento.
Arrodillémonos para contemplar el loto
milagroso de seis pétalos. El loto del Nilo. El chacra prostático sobre el cual
se posan las nereidas del gran océano.
Orad y meditad en el chacra prostático.
Cuando el Bienamado despierta este chacra, nos convertimos en reyes elementales
de las aguas.
Este chacra nos da conciencia consciente
sobre la naturaleza de todos los seres que habitan los mundos internos.
El que bebe de las aguas puras de vida,
nunca jamás volverá a tener sed. Las aguas purísimas del Edém, son el espejo
divino del amor.
El cisne de inviolable blancura se posa
sobre la flor del loto. Entre los arrullos conmovedores de la naturaleza,
despierta el cisne del amor.
"Y escribe al ángel (atómico) de la
iglesia en Esmirna: El primero y postrero, que fue muerto y vivió (en todo
aquel que recibe la iniciación venusta) dice estas cosas, Yo sé tus obras, y tu
tribulación, y tu pobreza (tribulación y pobreza son condiciones fundamentales
para abrir la iglesia de Esmirna); pero tú eres rico (espiritualmente), y la
blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, mas son sinagoga de
Satanás. No tengas ningún temor de las cosas que has de padecer. He aquí, el
diablo ha de enviar algunos de vosotros a la cárcel (del dolor), para que seáis
probados, y tendréis tribulación de diez días (es decir, tendréis tribulación
mientras estéis sometidos a la rueda de la reencarnación y el karma) "Sé
fiel hasta la muerte y yo te daré la Corona de la Vida" (Ap. 2: 8-10).
Quien recibe la Corona de la Vida se libera
de la rueda de la reencarnación y el karma. La Corona de la Vida es triuna.
Tiene tres aspectos: Primero, el Anciano de los Días. Segundo, El Hijo
Adorable. Tercero, El Espíritu Santo, muy sabio.
La Corona de la Vida es el Hombre-Sol, el
Rey Sol tan festejado por el emperador Juliano. La Corona de la Vida es nuestro
incesante hálito eterno para sí mismo profundamente ignoto, el rayo particular
de cada hombre, el Cristo. La Corona de la Vida es Kether, Chokmah y Binah
(Padre, Hijo, y Espíritu Santo).
Aquel que es fiel hasta la muerte, recibe
la Corona de la Vida.
En el banquete del Cordero resplandecen
como soles de amor, los rostros inefables de todos aquellos santos que lo han
encarnado. El blanco mantel inmaculado está teñido con la sangre real del
Cordero inmolado.
"El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias. El que venciere no recibirá daño de la muerte
segunda" (Ap. 2: 11).
El que no venciere, se divorciará del
Bienamado y se hundirá en el abismo. Aquellos que entran en el abismo pasarán
por la muerte segunda. Los demonios del abismo se van desintegrando lentamente
a través de muchas eternidades. Esas almas se pierden. El que venciere no
recibirá daño de la muerte segunda.
"Sé fiel hasta la muerte y yo te daré
la Corona de la Vida" (Ap. 2: 10).
Al que sabe, la palabra da poder; nadie la
pronunció, nadie la pronunciará, sino aquel que lo tiene encarnado.
Cuando recibimos la Corona de la Vida, el
Verbo se hace carne en cada uno de nosotros.
Todo santo que alcanza la iniciación
venusta recibe la Corona de la Vida.
Nuestro amantísimo Salvador Jesucristo,
alcanzó la iniciación venusta en el Jordán.
"Y aquel Verbo fue hecho carne, y
habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad" (Juan 1: 14).
"La Luz vino a las tinieblas; pero las
tinieblas no la conocieron" (Juan 3: 19).
Él es el Salvador, porque nos trajo la
Corona de la Vida y dio su sangre por nosotros.
Necesitamos llegar a la suprema
aniquilación del yo, para recibir la Corona de la Vida.