CAPÍTULO XV:
EL LIBRO SELLADO
Esta noche los Hermanos del Templo hemos
sufrido mucho por esa pobre humanidad que tanto adoramos. El cielo esta noche
se ha vestido con negros y densos nubarrones.
Aleonadas nubes que el relámpago ilumina.
Rayos, truenos, tempestades, lluvias y muy grande granizo.
Esta noche todos nosotros nos entramos por
las puertas del templo, llenos de muy grande tribulación. Hemos sufrido mucho
por la gran huérfana que tanto amamos. ¡Pobre humanidad! ¡Pobres madres!
¡Pobres ancianos!
Algunos hermanos nos hemos acostado en
lechos de profundo dolor.
En el templo se representa un drama
apocalíptico.
Los hermanos somos espectadores y actores
simultáneamente de este drama sagrado. Los sacerdotes ataron dos cosas: un niño
y un libro. Sobre el pecho del niño apocalíptico resplandece el libro sellado.
Las cuerdas de fino y cruel cáñamo envuelven el delicado y tierno cuerpo del
hermoso niño de angustias y dolores. Las crueles ataduras pasan por sobre el
libro sellado. El libro está sobre el inmaculado pecho del niño. Ese niño es
nuestro hijo muy amado. Suplicamos, lloramos, pedimos misericordia, y entonces
es libertado el niño de angustias y el libro sellado con siete sellos.
Ahora abrimos el libro y con él
profetizamos a una mujer vestida de púrpura y escarlata. Esa es la gran ramera
cuyo número es 666, y con ella han fornicado todos los reyes de la tierra. La
mujer nos escucha y dice: "Yo no sabía que ustedes podían profetizarme con
ese libro" Nosotros entonces dijimos: "Venimos a profetizar y a Enseñar
con este libro". Así hablamos a la mujer vestida de púrpura y escarlata; y
mientras hablamos con ella, cruzan por nuestra imaginación las imágenes de
cinco montes. Esas son las cinco Razas que han habido. Cada raza termina con un
gran cataclismo. Pronto terminará nuestra quinta raza.
"Y vi en la mano derecha del que
estaba sentado sobre el trono un libro escrito de dentro y de fuera, sellado
con siete sellos" (Ap. 5: 1).
"Y vi un fuerte ángel predicando en
alta voz: ¿Quién es digno de abrir el libro, y de desatar sus sellos?. Y
ninguno podía, ni en el cielo ni en la tierra, ni debajo de la tierra, abrir el
libro, ni mirarlo" (Ap. 5: 3). Realmente ese libro sólo puede abrirlo el
Cordero Encarnado.
"Y yo lloraba mucho, porque no había
sido hallado ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni mirarlo"
(Ap. 5: 4).
"Y uno de los ancianos me dice: No
llores. He aquí el león de la tribu de Judá (el Verbo iniciador de la Nueva Era
Acuaria), la raíz de David, que ha vencido a la bestia (dentro de sí mismo),
para abrir el libro y desatar sus siete sellos" (Ap. 5: 5). Eso lo ignora
la humanidad, la Gran Ramera.
"Y miré, y he aquí en medio del Trono
y de los cuatro animales y en medio de los Ancianos estaba un Cordero como
inmolado, que tenía siete cuernos, y siete ojos, que son los siete espíritus de
Dios enviados en toda la tierra (para trabajar de acuerdo con la Ley)"
(Ap. 5: 6).
"Y él vino, y tomó el libro de la mano
derecha de aquel que estaba sentado en el trono" (Ap. 5: 7).
"Y cuando hubo tomado el libro, los
cuatro animales y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero,
teniendo cada uno arpas y copas de oro llenas de perfumes, que son las
oraciones de los santos. Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de
tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y nos has
redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y
nación" (Ap. 5: 8, 9). Realmente sólo el Cordero puede abrir el libro
sellado.
"Y nos ha hecho para nuestro Dios
(Interno) reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra" (Ap. 5: 10).
Realmente nuestro Dios Interno es el rey y el sacerdote.
"Y miré, y oí voz de muchos ángeles
alrededor del trono (que está en los cielos y dentro del corazón del hombre), y
de los animales y de los ancianos; y la multitud de ellos era millones de
millones, que decían en alta voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar
el poder y riquezas, y sabiduría, y fortaleza, y honra y gloria y alabanza. Y
oí a toda criatura que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la
tierra, y que está en el mar, y todas las cosas que en ellos están, diciendo:
Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la bendición, la honra, y la
gloria, y el poder, para siempre jamás" (Ap. 5: 11-13).
"Y los cuatro animales (de la alquimia
sexual) decían: Amén. Y los Veinticuatro Ancianos cayeron sobre sus rostros y
adoraron al que vive para siempre jamás" (Ap. 5: 14).
Realmente el Cordero Interno de cada
hombre, es absolutamente perfecto y digno de toda honra. Los hombres no somos
sino pobres sombras de Pecado. Algunas gentes dicen: "Yo creo en el yo
quiero; así como en el yo puedo y en el yo hago". A esto llaman dizque ser
positivo. La realidad es que estas personas están afirmando a Satán. El Cordero
no es el yo. El Cordero no es ningún yo superior, ni mucho menos ningún yo
inferior. Cuando el Cordero dice "YO SOY", tradúzcase así: "ÉL
ES", puesto que Él es el que está hablando, y no es hombre. El Cordero
está desprovisto del yo, y de todo sello de individualidad, y de todo vestigio de
personalidad.
Si tu Dios Interno es el dios de algún sol,
el dios de alguna constelación, sed todavía más humilde porque tú no eres sino
un pobre Bodhisattva, un pobre hombre más o menos imperfecto. No cometas el
sacrilegio de decir: yo soy el dios tal, o el gran Maestro fulano de tal,
porque tú no eres el Maestro. Tú no eres el Cordero. Tú sólo eres únicamente
una sombra pecadora de aquel que jamás ha pecado. El yo está compuesto por los
átomos del enemigo secreto. El yo quiere resaltar, subir, hacerse sentir,
trepar al tope de la escalera, etc. Tú, reconoce tu miseria; adora y alaba al
Cordero, desvanécete, refúgiate en la nada porque eres nadie. Así, por ese
camino de suprema humildad, regresarás a la inocencia del Edém. Entonces tu
alma se perderá en el Cordero. La chispa volverá a la llama de donde salió. Tú
eres la chispa, el Cordero es la llama.
Y por esos días, cuando ya tu alma haya
vuelto al Cordero, multiplica tu vigilancia; recuerda que el yo retorna como la
mala hierba. Sólo el Cordero es digno de toda alabanza, y honra, y gloria.
No te dividas entre dos "yoes",
uno superior y otro inferior. Sólo existe un solo yo. El llamado yo superior no
es sino un refinado concepto del Satán. Un sofisma del yo.
No desees nada, mata todo deseo de vida. Recuerda
que el yo se alimenta de todo deseo. Besad los pies del leproso. Enjugad las
lágrimas de tus peores enemigos, no hieras a nadie con la palabra. No busques
refugio.
Resuélvete a morir en todos los planos de
la conciencia cósmica. Entrega tus bienes a los pobres; dad la última gota de
sangre por la pobre humanidad doliente; renuncia a toda felicidad y entonces el
Cordero inmolado entrará en tu alma. Él hará en tu alma su morada.
Algunos filósofos afirman que el Cristo
trajo la doctrina del "yo" porque dijo: "yo soy" el camino,
la verdad y la vida" (Juan 14: 6). Ciertamente el Cordero dijo: "YO
SOY". Sólo el Cordero puede decir "YO SOY". Eso lo dijo el
Cordero; pero esto no lo podemos decir nosotros (pobres sombras de pecado).
Porque nosotros no somos el Cordero. Realmente la traducción exacta y
axiomática de ese "YO SOY", pronunciada por el Cordero, es la
siguiente: "ÉL ES el camino, la verdad y la vida". Él lo dijo, porque
lo dijo "ÉL ES". Nosotros no lo dijimos, lo dijo ÉL, ÉL, ÉL.
Él vive en las profundidades ignotas de
nuestro ser. "ÉL ES" el camino, la verdad y la vida. Él trasciende
todo concepto del yo, toda individualidad, y cualquier vestigio de
personalidad.
Realmente el Cordero que fue inmolado es
digno de tomar el poder y riquezas, y, sabiduría, y fortaleza, y honra, y
gloria, y alabanza. Él es el único digno de abrir el libro y desatar sus
sellos.